Por Víctor Sánchez Baños

 

Andrés Manuel López Obrador sabe perfectamente que, sin los ingresos provenientes de los impuestos especiales a la gasolina, difícilmente podrá cumplir con infinidad de sus propósitos de gobierno a partir de este 1 de diciembre.

En la Ley del Impuesto Especial Sobre Producción y Servicios, IEPS, y otras cargas fiscales, representan casi el 40% del precio que pagamos los consumidores. Una carga injusta, ya que somos un país productor de petróleo y no recibimos ningún beneficio directo de esa “bondad” de nuestra tierra.

El precio de la gasolina regular está por arriba, en estos momentos, de los 20 pesos por litro y la Premiun, está rasguñando los 22 pesos. Esto, representa un gran ingreso fiscal para el gobierno.

Además, es falso lo dicho por el titular de Economía, Ildefonso Guajardo, en el sentido que los mexicanos “no comen gasolina”. Claro que no la comemos, pero si comemos lo que se transporta en vehículos que consumen gasolina. El aumento en el precio de los combustibles, pega directamente al costo de lo que comemos 130 millones de mexicanos.

Mientras el precio del dólar ha bajado, el precio de la gasolina y el diesel sigue en aumento. Con Enrique Peña Nieto, creció el precio en más del 80%, en una empresa como Pemex, que tiene pérdidas espectaculares, ingresos fabulosos, pero mantiene el récord del mayor número de funcionarios públicos ladrones e inmensamente ricos.

Importamos combustible hasta de una refinería de Pemex, en Deer Park, Texas. Esta compañía propiedad al 49% de Pemex, dirigida por Carlos Treviño, compra a precios más elevados que el mercado de combustibles.

Por si fuera poco, empresas privadas donde sus dueños aparecen los nombres de los Del Valle, los Ruiz Sacristán y muchos más, tienen empresas que, en sociedad con Pemex, refinan polímetros y otros productos. Hasta Kafka enloquecería en la petrolera mexicana.

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